Deja un amargo sabor de boca observar sobre un mapa de la Península Ibérica la propuesta aceptada de Macro Región Europea, que hermanará a nuestra comunidad autónoma con Galicia y el norte de Portugal. Deja un amargo sabor, digo, porque coincide, punto por punto, si sumásemos Asturias y Cantabria, con lo que fue el territorio de ese Reino cuyos mil cien años conmemoramos en 2010.
Los romanos consideraron tal espacio como una entidad asumible con ese Duero que limita y separa, cierto, pero a un mismo tiempo tiene la versatilidad de unir. Gallaecia, le llamaron entonces. Con los árabes pasamos, los del mismo terruño, a ser conocidos como Yilliqies, o habitantes de Yalaliqa, que es la versión musulmana toponímica que identifica el sector noroeste de la Península, osea: el Reino de León allá por el año 910, o, si lo prefieren, la Macro Región Europea que acaba de nacer…mil cien años más tarde. Nueva alianza de viejas raíces, que agrupará hoy a más de nueve millones de habitantes y cuya su extensión, como antaño la de nuestro reino, superará la de Irlanda o Noruega.
Con los dimes y diretes que alcanzan hasta la creación de las Autonomías, el chicle territorial no respetó identidades, pero sí intereses de un miedo a la periferia. Ahora, la cordura basada en los problemas reales, trata de aunar esfuerzos y racionalizar criterios, cual si de una nueva Reconquista, pero sin moros en la costa, se tratase, recuperando lo que hermana y alejando lo absurdo que distancia.
Primeros pasos ya se llevaban caminados en esta reconstrucción de la lógica. Allá por el 2004, Aragón, Cataluña, Baleares, el Languedoc y los Pirineos centrales, amén del Rosellón, se constituían en eurorregión. Faltaba Valencia para que los peces del Mediterráneo portaran las barras de Aragón, como en el s. XIII. Extremadura, por su parte, le puso ojitos a sus hermanos lusitanos, cual nueva Emérita Augusta. Y quedábamos nosotros.
En el Libro Verde de la Cohesión Territorial, que nace de la mano de Europa y que busca solventar problemas para 2013, se denuncian las causas que obligan a la reflexión previa a la búsqueda común de soluciones: territorios con dificultades de accesibilidad, despoblación y dispersión a un tiempo, o concentración de la mayoría en unas urbes que crecen y fagocitan por su centralizador carácter, a menudo no bien recibido. El Tratado de Lisboa, que es y será nuestro paraguas legal como europeos, exige a gritos una lógica en estos tiras y aflojas absurdos. De ahí que ahora, de la mano de nuestro ente, más los de las Rías y los lusos nazca una Macro Región que, curiosamente, deja como centro natural a León…y no a Valladolid, amargo guiño, estoy segura, para más de uno.
Les recomiendo, amigos lectores, que reflexionen sobre la potencialidad actual que tal acuerdo regala a León, si nuestros dirigentes saben aprovecharla y exigirla en las cortes de Castilla y León, en Madrid y en Europa. Mientras, los defensores de los intereses de León, ya desde la política, ya desde la ciudadanía, reclamaremos un nuevo reajuste territorial: 2010, desde los cielos, nos regala la posibilidad de recuperar algo de dignidad como nueva capital de la Macro Región Europea. Considérenlo.